Saturday, October 13, 2012

Habla cuando tus palabras sean más dulces que el silencio…



El ocaso de un momento usualmente precede al alba del siguiente, sólo que en raras ocasiones, los momentos se superponen como hojas de cebolla, aunque  no se puede ver claramente los límites entre ellas.
Sucumbí a la innecesaria necesidad de emitir sonidos semejantes a las palabras, pero eran filosas hojas que laceraban la dulce piel de su alma. Mis dañados pensamientos tienden a hacerlo, y aún cuando las intenciones son birladoras, los resultados siempre terminan donde no quiero, y las heridas se sienten en la propia piel.
Hoy, después de tantos años, de tantos secretos livianos dejados a la sombra, de tantos secretos profundos soltados al mar, y de tantas mentiras como escudos de una persona que no quiero ser, tengo que soltar las últimas cadenas que me atan a este mundo, no para ir al Ellisés, porque sé donde me espera la eternidad. Sólo es tiempo de cortar estas ataduras, hacia una luz que espero ver.
Su sangre corría entre mis manos como una miel mal oliente, fácil de lavar pero imposible de despojar de mi piel. Traté de no vomitar, abrí una ventana pero el sol ya teñía el cielo de un naranja suave que se fundía con el azul celeste del horizonte.
No sé bien como decidí ir, había estado hablando desde hacía mucho tiempo con Graciela sobre el proyecto pero no supe qué momento decidí hacerlo. No era mi estilo hacer labores sociales pero por alguna razón, sonaba como una oportunidad de hacer las cosas diferentes.
Unas semanas después nos preparamos para viajar con  el resto del grupo, muy a pesar de los comentarios molestos de mis padres, sobre mi ausencia en las festividades y  porque no pasaba año nuevo con ellos. Con la promesa de regresar antes de que termine, me subí al colectivo con una mochila cargada de ganas de empezar de nuevo, sin un pasado cobarde, ni huyendo de nada. Pareciera que salía a buscar un mejor destino, pero sólo estaba comenzando a vivir.

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