El
ocaso de un momento usualmente precede al alba del siguiente, sólo que en raras
ocasiones, los momentos se superponen como hojas de cebolla, aunque no se puede ver claramente los límites entre
ellas.
Sucumbí
a la innecesaria necesidad de emitir sonidos semejantes a las palabras, pero
eran filosas hojas que laceraban la dulce piel de su alma. Mis dañados
pensamientos tienden a hacerlo, y aún cuando las intenciones son birladoras,
los resultados siempre terminan donde no quiero, y las heridas se sienten en la
propia piel.
Hoy,
después de tantos años, de tantos secretos livianos dejados a la sombra, de
tantos secretos profundos soltados al mar, y de tantas mentiras como escudos de
una persona que no quiero ser, tengo que soltar las últimas cadenas que me atan
a este mundo, no para ir al Ellisés, porque sé donde me espera la eternidad.
Sólo es tiempo de cortar estas ataduras, hacia una luz que espero ver.
Su
sangre corría entre mis manos como una miel mal oliente, fácil de lavar pero
imposible de despojar de mi piel. Traté de no vomitar, abrí una ventana pero el
sol ya teñía el cielo de un naranja suave que se fundía con el azul celeste del
horizonte.
No sé
bien como decidí ir, había estado hablando desde hacía mucho tiempo con
Graciela sobre el proyecto pero no supe qué momento decidí hacerlo. No era mi
estilo hacer labores sociales pero por alguna razón, sonaba como una
oportunidad de hacer las cosas diferentes.
Unas
semanas después nos preparamos para viajar con
el resto del grupo, muy a pesar de los comentarios molestos de mis
padres, sobre mi ausencia en las festividades y porque no pasaba año nuevo con ellos. Con la
promesa de regresar antes de que termine, me subí al colectivo con una mochila
cargada de ganas de empezar de nuevo, sin un pasado cobarde, ni huyendo de
nada. Pareciera que salía a buscar un mejor destino, pero sólo estaba
comenzando a vivir.
